lunes, junio 04, 2007

Obituario del poeta manchego Sifrig Rosemberg (y III)


Sifrig, que había practicado casi todo los géneros poéticos, tenía una espina clavada pero las pinzas de las pestañas de su madre eran muy rústicas y no conseguía quitársela, hasta que un día logró que una ardilla de afilados dientes, a cambio de una ración de arenques y un D.I.U., se la extrajese. Hasta que no vio los dientes de la ardilla no fue consciente de que pese a su amplia obra poética aún no había escrito ninguna elegía. Pensó entonces en algún amigo que se mereciera una elegía pero no encontraba ninguno que lo motivara lo suficiente. El que fuera su mejor amigo, Rodolfo, no le hablaba tras una agria discusión sobre si los tetrabrick de Don Simón eran tetraedros o conos. Ambos pensaban que eran conos pero la discusión surgió porque sus lenguas, siempre pastosas, no podían pronunciar “tetrabrick” ni “tetraedro”, lo que les llevaba a la ofuscación y a pellizcarse las nalgas mientras gritaban “¡uy, uy, uy, ay, ay, ay!”


Decidió entonces escribirle una elegía a Pepe, el dueño del bar Paco, que le permitía celebrar recitales en su bar cuando no había nadie. Pero nadie nadie porque hasta Pepe se ausentaba tras dejar el alcohol bajo llave.
La elegía a Pepe se tituló “Elegía” y comenzaba así:
“Los gusanos se deslizan por tu puro cráneo
blanco como la pintura blanca.
Cómo envidio a los gusanos que se comieron tus ojos...
...Benditos”
A Pepe no le gustó nada la elegía y echó a Sifrig del bar. Aristóteles García, uno de los mayores expertos en su obra le dio una posible causa del enfado.

-Pero Sifrig, que para que te dediquen una elegía hay que estar muerto.
Esto dejó pensativo a Sifrig, que minutos después respondió.
-¿Ah, sí? Pues toma.
Y mató a Aristóteles, que agonizante,le dijo.
-No, yo no, el de la elegía.
Fue entonces cuando Sifrig decidió suicidarse para dedicarse a sí mismo una elegía, y romper así todas las convenciones literarias y la lógica vital. Para ello se arrojó varias veces delante de un tractor que labraba por Quintanilla del Burgo. El tractorista, harto de la actitud de Sifrig, que no le dejaba labrar lo tiró al pilón del pueblo. Sifrig no sabía nadar e intentó morir ahogado pero que el pilón estuviera seco no le facilitó las cosas. Decidió entonces, ante la imposibilidad del suicidio, hacerse sibarita, pero como no tenía dinero para darse al sibaritismo se dedicó a cantar canciones de Bisbal en la puerta del museo del Prado. Un intento de voltereta acabó con su vida. Sifrig murió sin cumplir su gran sueño: visitar todos los museos de cera del continente.

En su tumba dejó un epitafio que es la última muestra de su talento provocador:
“Tonto el que lo lea”.

(En la foto tres admiradoras de Sifrig del club "Admiradoras de Sifrig con abanico". "Lo que más me gusta de él son sus metonimias", confesó ruborizada una de ellas)

1 comentario:

Jose dijo...

Metonimias, sí, pero la rubicunda chica no especificó si la voltereta mortal también la hacía bien... Así acaba uno hecho un poeta maldito, hay que ver...

Pd: ¡Qué bueno que volvihte! Casualidades: hace unos días colgué otro poeta colgado en mi blog. ¿Línea regular de poetas pasmosos Murcia-Albacete? ¡De ahí a poblar con ellos todo el planeta!