martes, julio 01, 2014

Día uno. Héraclito nunca estuvo en Santander.


Santander es una ciudad de señoras. Tras algunas, es cierto, caminan sus señores, y si llegan a alcanzarlas igual se les permite ir del codito junto a ellas. Ellos son más torpones y lentos y se manchan de lamparones la pechera de los jerseys de pico y por eso ellas les obligan a que los lleven sobre los hombros, con las mangas cruzadas al cuello, y entonces los señores se manchan las mangas del jersey y a ver ahora quién salta eso.
Las señoras, al mediodía, bajan en sus ascensores a la ciudad y toman la playa o la misa de doce, y por la tarde toman las terrazas del paseo Pereda y en fin, Santander es una ciudad tomada por las señoras.

Hoy dos señoras vinieron al comienzo del curso del poeta. Vienen todos los años, les gustan mucho los cursos. Una ha viajado por ochenta países y otra tiene un hermano poeta que escribe versos aunque, todo hay que decirlo, no los ha publicado. O igual la misma señora  tiene mundo y poeta y la otra nada salvo un moreno envidiable para finales de junio.

A las señoras no ha debido interesarles mucho el poeta porque tras el descanso han desaparecido. Al poeta tampoco parece interesarle mucho el poeta, o nosotros o el curso, porque ha terminado antes de tiempo y ha eliminado la sesión de la tarde y por eso aquí estoy yo, en el paseo Pereda, escribiendo estas cosas.

El poeta tiene ya una edad, una sordera, un sillón en la academia, un prestigio, y no está para tonterías. Tiene también sentido del humor pero no sé si es consciente de ello y podemos llamar a lo suyo sentido del humor. ¿Necesita el humor de la consciencia?

El poeta, hace meses, puso como condición para dar su curso que hubiera micrófonos para él y para que los alumnos preguntaran. Aunque estamos al norte todavía es esto España y esta mañana, claro, no había micrófonos. Una hora después llegaron los micrófonos y comenzamos.

Pensaba yo que el poeta era friolero (hay quien dice haberlo visto en verano por las Ramblas con guantes, sombrero y bufanda) pero señala unas bombillas de bajo consumo en el techo y pregunta si no sería mejor apagarlas por si dan calor.

El poeta coincide con Maiakovski en algunas de sus citas sobre cómo escribir poemas, pero no, recuerda, en la relación del ruso con Stalin.

Al final parece ser que el contenido es la forma, así, por ir resumiendo.

Antes del descanso se hacen algunas preguntas. Hay algún iluso por ahí que aún piensa que las preguntas en estos cursos son para enterarte de algo. Pero no, en los cursos, en las conferencias, se suele preguntar para enterarnos de quién es el preguntador, qué ha hecho, qué méritos luce. Así me entero de que tenemos un periodista sacerdote muy jubilado que defiende a capa y espada la tilde en “sólo” (no sé si ese sólo lleva tilde – ni tampoco este último). También tenemos una licenciada en historia del arte que conoce muchos teóricos y además hay mucha más gente con diversos saberes y méritos varios. Pero al poeta, buen conocedor de los significados primigenios de las palabras, no parecen gustarle estas preguntas que no son preguntas y pronto comienza.
–Sí, pero, ¿cuál es la pregunta?
Y el falso preguntador se aturulla y el poeta parece no oír lo que le dice o tal vez simula no oírlo y continúa con sus explicaciones.

A veces le hacen preguntas de verdad, pero también puede rechazarlas si no tienen que ver con “lo que nos trae aquí”. Yo no sé bien qué me ha traído hasta aquí pero sí que me entretengo y que no creo, visto lo visto, que me atreva a hacerle ninguna pregunta.

Volvemos tras el descanso. El poeta pregunta si falta alguien. Le señalo las dos sillas que han dejado vacías las señoras de Santander.

–Tienen el derecho pero no la obligación – dice. Y comienza.

Hablamos… habla, de que “la persona” que se manifiesta cuando se hace arte suele estar por encima de la persona real y cotidiana. Pone por ejemplo a García Márquez, al que llegó a tratar, y que como persona parece ser que no estaba a la altura del García Márquez autor de su obra, cosa comprensible, digo yo.

También nos cuenta que llegar a saber quienes somos es una función moral del arte. “Yo sé quien soy”, decía el Quijote. Yo, por mi parte, aunque no visto como tal, creo ser un señor de Albacete pero no siempre estoy seguro, lo que puede ser consustancial a ser un señor de Albacete. En cualquier caso nunca uso la palabra “consustancial” en mis conversaciones con otros señores de Albacete.

Termina sus explicaciones y vuelve a admitir preguntas. Alguien le hace una sobre los situacionistas  y dice que no puede contestar porque no los ha estudiado en profundidad. Ha estudiado a Spinoza, a Schopenhauer, a Heráclito.

–Pero nadie me pregunta nunca por Heráclito – dice casi melancólico.

El poeta finaliza la jornada, media hora antes de lo previsto. Mañana a las 9,30. Alguien le pregunta si le parece muy temprano, que si le viene mejor a otra hora.
– A mí me da igual – contesta – Yo desayuno  a las ocho y cuarto. Ustedes no sé a qué hora, ni siquiera sé si desayunan – nos dice.

Después me voy al paseo Pereda y escribo esto. Siguen pasando señoras pero no son ya las mismas que pasaron ayer, porque el paseo ya es otro y las señoras también. O igual sí son las mismas sólo que un poco más despeinadas, porque hace viento. Heráclito nunca vino a Santander.

Continuará